Casi que de un día para el otro tuvimos que apagar el aire acondicionado y prender la calefacción. Bueno, quizá no es para tanto, pero la verdad es que el verano ya se fue. Igual, yo siempre veo el vaso medio lleno, y lo primero que pienso es que cuando bajan las temperaturas podemos ir desempolvando aquellas recetas que nos van a ayudar a reconfortar el espíritu. Ya llegará el frío intenso, para deleitarnos con un guiso de lentejas o con un puchero, pero lo que se me ocurrió hoy es preparar una deliciosa fondue de queso, así nos vamos poniendo en clima.
Fondue de queso (Foto: Thinkstockphotos.com)
Para los que no lo saben, la fondue es una comida típica de Suiza, tanto que es como el plato nacional, o algo así, y al principio sólo existía la de queso. Después apareció la de carne y, finalmente, la de chocolate. Todas versiones muy diferentes, donde el denominador común es el "caquelón", ese recipiente que va montado sobre una especie de hornillo de mesa y sirve para mantener caliente una mezcla de quesos fundidos, un aceite aromatizado o un rico chocolate derretido, en el cual vamos a sumergir nuestros trocitos de pan, de carne o de frutas, según sea el caso.
Algo que me gusta mucho de todo esto, además de los sabores, es que se trata más o menos de una ceremonia, donde toda la familia está reunida compartiendo de alguna forma el mismo plato.
Y bien, ¡arranquemos con nuestra fondue de queso!
Obviamente, vamos a necesitar buenos quesos. Algunos dicen que la receta original suiza incluye 11 variedades. Nosotros nos vamos a conformar con algunas menos, y las distintas combinaciones nos van a dar diferentes sabores. El gruyere, emmenthal o fontina son ideales por sus sabores intensos. El gouda, mucho menos invasivo, puede suavizar si eso es lo que se busca. Un queso azul puede darle un toque diferente. Como sea, hay que considerar en total entre 200 y 250 gramos de queso por persona.
Por otra parte, vamos a necesitar pan francés (del día anterior, para que tenga mayor consistencia) cortado en cubos. También podemos usar, como variantes o como complementos, pechuga de pollo cocida e igualmente cortada en cubos, rodajas de salchichas de Viena, tomatitos cherry, etc.
El resto de los ingredientes será: vino blanco (preferentemente seco), jugo de limón, Kirsch o aguardiente de cerezas (que podemos remplazar con un Brandy o Cognac, o incluso prescindir de él), dos dientes de ajo, pimienta negra molida, nuez moscada y fécula de maíz (maicena).
¡Manos a la obra!
- Rallar los quesos más duros y cortar en trozos los más blandos.
-Pelar el ajo, machacarlo y frotarlo contra el interior de la cacerola o caquelón.
-Poner 1 taza de vino y el jugo de ½ limón en la cacerola y calentar a fuego lento. En una 2da. taza de vino, disolver 2 cucharadas de maicena y reservar.
-Cuando el líquido esté caliente, incorporar poco a poco los quesos y moverlos constantemente con una cuchara de madera dibujando "ochos", hasta fundirlos.
-Agregar el Kirsch y condimentar con pimienta y nuez moscada. No dejar de revolver en forma de ochos.
-Esperar a que se evapore el alcohol y agregar la maicena. Seguir revolviendo hasta que la preparación esté bien homogénea.
¡Listo! Es hora de llevar el caquelón sobre el hornillo de mesa para que mantenga caliente nuestro delicioso queso fundido, y allí estarán los comensales con sus pinchos en mano para sumergir sus trocitos de pan y revolver constantemente el queso antes de comerlos, para evitar que el queso se queme o que se rompa la liga.
Y si vamos a seguir la tradición suiza, ¡el que deja caer su trozo de pan dentro del caquelón tiene prenda! ¿Qué tal lavar los platos?
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