Por Chef Ariel Rodríguez Palacios
El mundo de las sopas no tiene fronteras. Y es casi tan antiguo como este planeta. Por eso a mí me gusta recorrerlo cada tanto, y nunca me canso. Seguramente haya sido una de las primeras preparaciones culinarias de la historia, ya que es muy fácil de preparar y siempre se utilizan productos que están al alcance de todos.
Según leí en un artículo, el "descubrimiento" de la sopa (o sea, cuando el hombre primitivo comenzó a ablandar los alimentos al sumergirlos en agua caliente) puede haber cambiado la historia de la humanidad: al no ser necesario forzar constantemente la masticación, el espacio que ocupaban las mandíbulas dentro del cráneo se fue reduciendo y así dejó lugar para el desarrollo del cerebro. Además, el desgaste de la dentadura era menor y creció la expectativa de vida. O sea, ¡la sopa nos hizo más sanos y más inteligentes!
Hoy me propuse preparar y compartir con ustedes una de mis sopas preferidas, a la que mucho no estamos acostumbrados por estos lados pero que es muy rica y seguramente tenés todos los ingredientes para hacerla ahora mismo. Es ni más ni menos que la sopa de ajos, que también se la conoce como "sopa castellana" porque en esa región de España sí que la toman… ¡hasta en la sopa!
No necesitamos más que pan, aceite de oliva, pimentón y un huevo por persona; además, claro, de unos 6 dientes de ajo y un buen caldo de gallina, gran aliado para improvisar una sopa diferente cada día. El pan, si es del día anterior, mejor. Y una hojita de laurel, si la tenés, también va a venir muy bien.
Lo primero es pelar y filetear los ajos, aunque no demasiado finos, y saltearlos en aceite de oliva hasta que comiencen a dorarse. Apenas. Con el fuego bajo. Si queremos evitar el sabor fuerte, conviene retirar previamente la parte del medio. Se puede agregar trocitos de jamón o de panceta y mezclarlos con los ajos, pero no es indispensable ni mucho menos, aunque le puede dar un buen toque.
Luego se agrega el pan cortado en trozos. Más o menos media baguette o su equivalente, preferentemente blanco. Tiene que estar durito, por eso es mejor que sea del día anterior. Si no, se lo puede rebanar finamente y tostar antes de rehogar los ajos.
Una vez que integramos el ajo y el pan y lo freímos un poco, lo retiramos del fuego para agregar una cucharadita colmada de pimentón dulce, que además de sabor le va a dar color a la preparación, y un poquito del caldo para que el pimentón no se queme.
Volvemos al fuego y, después de revolver unos instantes, incorporamos el resto del caldo hasta cubrir por completo toda la preparación. Será más o menos un litro. Y una hojita de laurel ¡Listo! Ahí revolvemos y dejamos que se cocine todo por unos 15 minutos y siempre a fuego bajo para que no rompa el hervor.
Al final, en los últimos 2 a 3 minutos, retiramos el laurel y añadimos un huevo por persona (o dos, para los que quieren más proteínas) removiéndolo con la cuchara para que cuaje en forma de hilos. Así se verá como una auténtica sopa castellana.
Tanto éxito tiene la sopa de ajo que en España le dedicaron un poema, con el que me despido hasta la próxima columna:
"Siete virtudes tienen las sopas:
Quitan el hambre y dan sed poca.
Hacen dormir y digerir.
Nunca enfadan, siempre agradan.
Y crían la cara colorada."
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