“Mami, ¿sabías que Juana me contó que a la noche se transforma en Hannah Montana?”, me dijo una vez mi hija acerca de una amiguita de la escuela. Entonces, yo le respondí: “no, eso no es posible porque es una actriz más grande, llamada Miley y vive muy lejos de acá”. Luego de pensarlo durante unos minutos me aseguró que su amiga se lo había jurado y que ella le creía. Me costó un rato convencerla de que eso era sólo una fantasía. Y al tiempo me ocurrió con mi otra niña. “Este fin de semana Sammy no puede venir a casa porque se va al Triángulo de las Bermudas y a Nueva Yolanda”, me informó Mora. Asombrada y a las carcajadas le pregunté: “¿No será Nueva Zelanda?”. Pero ella me afirmaba que su amiga haría un viaje de dos días a esos dos lugares y que el lunes estaría nuevamente en la escuela.
iStockphotoEntonces, me surgió la pregunta de por qué a veces los chicos necesitan decir ese tipo de mentiras. Y luego afloró una contradicción: ¿son mentiras o ellos las creen? Y también me
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