ACTIVIDAD DE TUS AMIGOS

    Pequeños abusos cotidianos

    Desde temprana edad, las mujeres sufrimos de sutiles abusos, a veces disfrazados de halagos. Nos acostumbramos a ello. Nalgadas, insinuaciones, piropos callejeros, acosos…

    La verdad es que si bien esto me ha molestado toda la vida, no me había detenido a hacer el recuento restrospectivo hasta que me encontré con un artículo del periodista vasco Ander Izaguirre titulado "Son todas unas histéricas".

    Allí, el periodista relata, sin develar su nombre, los recuerdos de una amiga suya sobre este tema, en orden cronológico y enumerados.

    El acota: "¿Acaso los hombres no padecemos acosos o presiones? Sí, claro, pero en un grado muy inferior, que no nos condiciona tanto. No hasta el punto de que se nos desarrolle una actitud psicológica temerosa, a la defensiva, que nos limite la libertad de andar tan panchos por la vida. Pondré un ejemplo personal."

    La cuestión es que el relato me dejó pasmada, tanto como los más de 200 comentarios de los usuarios del sitio.

    Y entonces, casi sin pensarlo, empecé a hacer mi propio recuento, y me sorprendí de la cantidad.

    Les pregunté sobre el tema a mis amigas, y ellas respondieron también con anécdotas horrendas. Reproduzco unas pocas para no ser cargosa, obviamente con sus nombres resguardados.

    • Irene: "Este invierno, temprano, en el metro, levanto la mirada y veo una bragueta abierta con el pene colgando. Lo miro al hombre, y con mi mejor vozarrón le digo: 'tienes la bragueta abierta. ¿Me haces el favor de abrochártela?' El tipo sonríe como si le hubiera dicho que se le cayó el pañuelo, se sube el cierre y se baja en la siguiente estación."
    • Diana: "todavía recuerdo un viaje en autobús -yo tendría 9 o 10 años- y ya medía casi lo mismo que hoy. Iba de pie,  agarrada del asiento, y en eso se sube un tipo, grande, viejo y muuuy borracho y se me para al lado. Primero me mostró la lengua y me guiñó el ojo. Me fui corriendo de lugar (él también), hasta que en un momento sentí algo hirviendo sobre mi brazo; lo miré con miedo: el tipo había sacado su pene y me estaba tocando en el brazo, dándome palmadas... Entré en crisis, corrí al lado del chofer del autobús y le conté todo... Recuerdo que casi me caigo del autobús, porque el chufer frenó como un loco y se fue hacia el fondo a buscar al tipo, que se bajó corriendo. Pero no me olvidaré nunca de esta experiencia: me sentí tan ultrajada... la sensación en el bracito me duró varios días (y la obsesión por limpiar casi con lavandina la piel, para borrar el recuerdo). Esa es sólo una anécdota (entre muchas otras)…"
    • Elisa: "No hace muchos años, yo, de 19 añitos, iba con mi bebé en brazos de pocos meses, sentada en un asiento del autobús, del lado del pasillo. En un momento empiezo a sentir algo duro contra mi hombro. Levanto la vista y veo a un señor de muy buen ver, de traje, con cara de póker. Entonces caigo en la cuenta de que el señor estaba frotando su erección contra mi hombro, el hombro de una mami muy joven con una bebita en sus brazos. Levanté con fuerza mi codo hacia su bragueta. Hizo un ruido, y se fue…"

    No quiero aburrirlas. Tengo muchas más anécdotas de este tipo. Solo pretendo llamar la atención sobre estos hechos, a los que estamos tan acostumbradas que ya casi ni nos quejamos.

    Hace poco, charlando con un amigo inglés que había estado en América Latina, le pregunté qué era lo que más le había gustado y lo que menos.

    Como lo que menos me respondió: "La falta de respeto a las mujeres".


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