ACTIVIDAD DE TUS AMIGOS

    Estela: si no parece amor, es probable que no lo sea

    (Parte 2 de 4)

    Para muchos, cumplir 30 años representa el fin de la juventud y el inicio de una vida aburrida, inundada de responsabilidades. En mi caso no fue así. En ese tiempo me la pasaba de fiesta en fiesta y me juntaba con varios amigos los martes por la noche en un pequeño bar. Esta costumbre se popularizó al grado de que siempre había nuevos asiduos. Ahí conocí a Estela y a su amiga Fernanda, a la cual pretendí por algunos meses sin mayores resultados.

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    —No te conté —me dijo Estela un día que fuimos a desayunar.
    —¿Qué?
    —Fernanda renunció a la agencia.
    —¿Encontró un mejor trabajo?
    —No, se enamoró de un biólogo que se la lleva a vivir a Alaska.
    —Pues, que le vaya bien —refunfuñé.
    —Ay, no seas así —dijo.
    —¿Qué pasó con el tipo que te gustó? —pregunté cambiando el tema.
    —¿Leonardo? No, he sabido nada, pero lo invitaré a mi cumpleaños —respondió.

    El siguiente martes llegué tarde al bar y encontré nuestra mesa habitual abarrotada. Tuve que esperar un rato en la barra, y para entretenerme observé a Estela platicar efusivamente con Leonardo. Ella festejaba todo lo que él decía con carcajadas estruendosas y él se vanagloriaba con la reacción. Diez minutos después alguien se despidió y logré sentarme en la mesa, justo frente a mi amiga. De repente sonó el teléfono de Leonardo y salió del bar para contestar. Estela aprovechó para platicar conmigo.

    —Creo que estoy enamorada —dijo.
    —¿En serio? —pregunté sarcástico—. ¿Y él?
    —No sé, soy muy mala leyendo esas cosas.
    Pero si los hombres somos los más evidentes —dilucidé—. Cuando nos gusta alguien, se nos nota.
    —De verdad, yo nunca me doy cuenta.
    —¿Te llama por teléfono?
    —No.
    —¿Te manda mensajes?
    —No.
    —¿Ha tenido algún gesto buena onda contigo?
    —No, realmente.
    —¿Te hace sentir que no hay nadie más aquí?
    —Tampoco —dijo bajando la mirada— ¿Me quieres hacer llorar?
    —Para nada, pero no te hagas muchas ilusiones.

    En ese instante regresó Leonardo a su lugar.

    —Oigan va a ser mi cumpleaños —dijo Estela sonriente—. Los invito el sábado a mi casa.

    Los presentes aplaudieron la iniciativa. Más tarde, al despedirnos, Estela me dijo:

    —Leonardo vive por tu casa, ¿le puedes dar un aventón?
    —Seguro —respondí.

    De camino Leonardo y yo platicamos de cualquier cosa, hasta que, como un papá celoso, le pregunté por Estela.

    —Me cae increíble —respondió mientras me daba instrucciones para llegar a su casa.
    —Pero, ¿te gusta? —pregunté.
    —A mí me gusta todo el mundo. Es ahí, ese edificio.

    Detuve el coche.

    —¿Sabes quién me gusta más? —preguntó el pasajero.
    —Ni idea —dije.
    —¡Tú! —exclamó echándome los brazos encima.
    —Lo siento, no soy gay —aclaré.
    —Ni modo, tú te lo pierdes —contestó bajándose del coche.

    Se despidió y entró a su casa. Confundido, pensé en hablarle a Estela, pero preferí esperar a otro momento.

    Llegó el sábado y acompañé a mi amiga al súper a comprar víveres para su reunión. Se había puesto un vestido verde que parecía de los años cincuenta y sustituyó sus viejos anteojos por unos lentes de contacto.

    —Te ves muy bien —le dije.
    —Gracias, espero que Leonardo piense lo mismo.
    —Hablando de Leonardo, te tengo que contar algo —dije mientras elegíamos qué cervezas llevar.
    —¿Qué?
    —Es gay.
    —No es.
    —Sí. Trató de ligarme el martes.

    Estela guardó un silencio sepulcral. Pagamos las cosas y regresamos a su casa.

    —Bueno, no voy a dejar que esto me desanime. ¡Es mi cumpleaños! —dijo mientras abría la puerta.
    —¡Bien! —respondí.

    El departamento de Estela era un santuario de sus pasiones. Cada rincón del reducido lugar estaba tapizado con estanterías que albergaban una enorme colección de discos. También había cientos de libros apilados en columnas que complicaban el tránsito por el lugar.

    La noche no trajo a todos los invitados que esperábamos. No llegó Fernanda ni tampoco había señales de Leonardo. Entre la frustración y y la ansiedad, Estela se puso ebria muy rápido.

    —Les voy a poner una canción —nos decía a los pocos asistentes, al tiempo que quitaba un disco de su aparato de sonido para poner otro.

    Entonces sonó el timbre del departamento. Estela abrió la puerta y se abalanzó sobre Leonardo que tenía una botella de vino en sus manos.

    —Perdón por llegar tarde —dijo él en medio del abrazo—. ¡Feliz cumpleaños!

    Leonardo saludó a todos y entró a la cocina para abrir su botella. Estela lo siguió y le dio un sacacorchos.

    ¿Verdad que no eres gay? —le preguntó de la nada, haciendo que casi se le resbalara la botella de las manos.
    —Más o menos —dijo él.
    —¿Cómo?—preguntó ella.
    Soy bisexual —explicó Leonardo incómodo.
    —Ah, bueno. Entonces sí puede pasar algo entre nosotros —afirmó ella, dándole una palada en la espalda.
    —No creo, Estela. No me siento sexualmente atraído a ti —dijo Leonardo sin ningún reparo—. Creo que mejor me voy. Pásala bien.

    Estela se encerró al baño por el resto de la noche. Los que estábamos allí, tratamos de consolarla, pero después de un rato nos fuimos. Caminando hacia mi coche pensé que no hay verdad que sea más dolorosa que el descalabro de caer de un sueño.

    (Continuará el próximo martes...)

    Twitter: @AnjoNava

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