ACTIVIDAD DE TUS AMIGOS

    Cuando un deportista no puede volver a jugar

    Desde pequeño, Juan supo que era especial cada vez que tenía un balón entre sus manos. Y tuvo la suerte de que sus padres lo orientaron hacia donde él quería ir.

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    Su vida hubiera sido inimaginable sin el deporte. Había nacido para correr, atrapar la pelota y enviarla directamente hacia el arco. Incluso, los entrenadores se peleaban por tenerlo entre sus ligas; hasta que un día se lastimó, de la manera más tonta, sin embargo, fue grave; aún le quedaba toda una carrera por delante, pero los médicos le dijeron que su lesión no le permitiría volver a dedicarse al deporte.

    Dos caminos: hundirse o salir a flote

    Desde el accidente Juan pasó por todas las situaciones: stress, bronca, dolor, tristeza y negación, pero nada de eso le sirvió para salvarse de una profunda depresión. En un abrir y cerrar de ojos su vida debía dar un giro de 180 grados. ¿Estaba preparado para eso? Nunca se le había ocurrido si quiera imaginarse dedicado a otra actividad. Nada lo atraía, no le gustaba leer, no era bueno para las matemáticas, ni siquiera para la música… De repente se había vuelto un inútil. Un joven inútil.

    Para cualquier persona una lesión importante que limita sus actividades es un golpe bajo, ¿pero que hay del que tiene como herramienta principal su cuerpo? ¿Están preparados los deportistas para una noticia tan devastadora?

    Muchos deben preguntarse si quizá pudiera existir en el mundo una persona que pueda prepararse para un anuncio semejante. No quiero decir con esto que todos debemos vivir paranoicos, pensando en cómo reaccionaremos el día en que nos lastimemos. Sino que así como un cocinero debe saber cuál es el filo de los distintos cuchillos y qué hacer en caso de un corte inesperado, el deportista debe estar anímicamente alertado acerca del peligro al que se expone su cuerpo cuando juega. Y entonces sí, no sólo instruirse en un solo aspecto.

    Con esto me refiero a que las personas venimos al mundo con la información acerca de cuáles serán nuestras aptitudes y nuestras falencias, y de lo que sí estoy segura es de que nuestro abanico de posibilidades es mucho más amplio del que finalmente utilizamos. La clave es cuál será su estimulación; en la que está directamente relacionada su familia y más que nadie, los padres.

    Si a un hijo lo valoramos pero le hacemos creer que ese valor sólo tiene que ver con un aspecto de su persona, el día que no puede dedicarse más a ese rubro o, como en el deporte, se vuelva viejo para determinada actividad, quedará anulado de por vida. Es la crónica de una muerte anunciada; porque todos sabemos que sinónimo de “viejo” en el deporte, significa muy “joven” aún para una vida normal.

    Hay que mirar más allá del horizonte y pensar: ¿quiero ese futuro para mi hijo? Dudo de que algún padre me dé una respuesta afirmativa.

    Pero entonces, ¿cómo se hace? Muy fácil. Instruyéndolo, destacando y estimulando otros aspectos, equilibrando las cualidades y reforzando las debilidades. Si le va mal en los estudios no es un tema menor. Y si juega al baloncesto también puede hacer otra actividad como idioma, música o arte. ¿Por qué no?

    Una mala noticia será mala siempre, pero lo que cambia son las herramientas con las que podemos enfrentarla. Si además de buen deportista, un hijo es buen lector, buen músico o buen periodista, el día que no pueda dedicarse más a su actividad favorita va a seguir valiendo como persona. Y eso creo que sí es lo que cualquier padre desea para su hijo.

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