Hace un tiempo, mi hija mayor estaba en cama y para no aburrirse leía una revista de historietas que está de moda entre los chicos. En un momento tuve la oportunidad de ojearla y me parecieron chistes malos; los pocos “buenos” eran una copia de otra historieta que me resultaba apasionante cuando era chica. Se llamaba Mafalda y tuvo un rotundo éxito por generaciones y generaciones.
Como tenía la colección de oro, le dije segura de que iba a sumar una fanática: “Lee esto y verás que te encantará”. Sin embargo, un rato después comenzó a decirme: “Mamá, ¿Mafalda no tenía televisión a colores?”. Luego me apuntó: ¿quienes eran tal y cual políticos?... y dos o tres frases más, hasta que unos minutos más tarde me lanzó: “¿No te ofendas? pero me aburre…” Y la dejó de lado. No se identificaba absolutamente en nada con ese personaje.
Ahí me di cuenta de que los códigos de su generación poco tienen que ver con los de la mía. Todo cambió demasiado velozmente en estos 30 años de diferencia que hay entre ella y yo. Es cierto, ha sucedido toda la vida entre los bisabuelos y nuestros abuelos, nuestros abuelos con nuestros padres y nuestros padres con nosotros. Y seguirá pasando por los siglos de los siglos. Pero creo que en estos últimos años hubo dos elementos cruciales que contrastaron mucho más ambas épocas, modificando prácticamente todos ámbitos de la vida: la computadora e Internet.
Abrirles la puerta para ir a jugar
En mis tiempos, cuando un grupo de niños iba a jugar las propuestas eran desde la mancha, hasta el escondite o el gallito ciego. Algo muy similar a lo que ocurría en los años mozos de nuestros padres.
Hoy, sin embargo, ir a jugar para los niños es sinónimo de entrar en una red social o filmar un video a través de la webcam. Entonces, me detuve a pensar en cuál es la forma correcta de entendernos con los chicos cuando ellos tienen códigos y parámetros tan distintos. Sus cabecitas están programadas desde que nacen, a diferencia de nuestra generación, en una pantalla en la que uno anota un deseo y se cumple inmediatamente. A nosotros en cambio, si bien tuvimos que aprender a usar la computadora como una herramienta (obligatoria en muchas ocasiones), nos sucede que tenemos que esforzarnos para encontrar la manera de que este aparato haga lo que le pedimos (y a veces gana él). Incluso, en algunas oportunidades tengo que pedirle ayuda a mi hija para que me saque de un apuro tecnológico. Creo que si bien la mayoría de nosotros ha nacido con 5 sentidos, los chicos de hoy vienen con 6: vista, tacto, oído, olfato, gusto y razonamiento 2.0.
Recuerdo que mi niña menor a los 3 años, que por supuesto aún no sabía escribir, prendía la laptop y jugaba como si estuviera vistiendo a una Barbie.
Lo que me preocupa concretamente es: ¿cómo saber cuáles son los límites cuando las reglas cambian tan vertiginosamente? ¿Está bien que las obligue a estar sólo un rato en la computadora? O son reglas caprichosas cuando el resto de la sociedad impone otro modo de vida. En este momento también viene a mi cabeza la frase de la filósofa Judith Butler, que en su libro “Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad”, asegura que “imponer lo anacrónico también es una forma de violencia”.
No es fácil ser padres en este siglo. Evidentemente- y toda la vida fue así- no queda otra que hacer camino al andar. Y si bien no queremos equivocarnos con una decisión que puede perjudicarlos, seguramente lo haremos. Y seremos parte de la historia. Y algún día nuestros chicos serán viejitos y recordarán delante de sus bisnietos: “A mí, cuando era una niño casi no me dejaban usar la computadora”. Y seguro que ellos responderán: “¿Qué es una computadora?, abuelo”.
Quizás te interese:

