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    La amenaza más temida

    ¡Qué período tan difícil para los padres! y seguramente el peor para los chicos... La adolescencia es una época de transición, llena de cambios, emociones, disgustos y alegrías. Un proceso en el que hay que aceptar lo que llegará y despedir lo que se está yendo, la infancia.


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    En la travesía de esa etapa nuestros chicos pasan por todos los estados: alegría, euforia, enojo, tristeza, desgano… y a veces la vida les parece tan inabordable que hasta se puede cruzar la idea del suicidio. Sí, hasta en los jóvenes sanos, alegres e inteligentes puede aparecer esta idea en algún momento.

    Para un padre pensar en que su hijo pueda hacer algo así es insoportable. Por eso, muchos reaccionan con la negación y otros se preocupan por demás. ¿Qué debemos hacer cuando a nuestros chicos se les filtran estas tremendas ideas?

    Cuando el caos parece acercarse nada mejor que consultar con una especialista. La licenciada María Teresa Vercesi, que es psicoanalista de niños, nos ayudó a pensar en cómo debemos actuar ante situaciones como estas.

    ¿Es usual que a los adolescentes se les cruce la idea del suicidio?
    Sí, es más común de lo que se piensa y especialmente en las chicas.

    ¿Por qué?
    Porque las mujeres tendemos a ser más dramáticas y románticas.

    ¿Y a qué se debe que se dé más en la adolescencia que cuando son niños?
    Cuando son más chiquitos pueden decirlo porque están enojados, pero recién en la adolescencia es cuando tienen más noción de lo que significa morirse. Además, es un momento de muchos cambios. Cambia el cuerpo, la cabeza... En esta etapa los chicos deben elaborar duelos, como por ejemplo, el de perder el cuerpo infantil, de que ya no existen los papás perfectos de la infancia y se hacen más concientes de todo eso. Además, así como ejercen una mayor libertad, tienen una mayor responsabilidad y eso les produce angustia. Por eso muchas veces están enojados o desganados.

    ¿Qué hay que hacer si escuchamos que dicen que se quieren matar?
    Hay que estar atentos pero no dramatizar. Tenemos que dejar que lo digan, no censurarlos, escucharlos. Pero luego así también en algún momento debemos deslizar disimuladamente una contrapartida, demostrándoles lo hermosa que es la vida.

    ¿Puede ser peor si nos preocupamos demasiado? ¿Podrían manipularnos?
    La realidad es que nunca se sabe cuándo puede ser verdad y cuándo es una manipulación. Lo mismo pasa con la gente suicida. En el caso de un adolescente, en general, tiene que ver con un contexto de frustración, una época de transiciones. Pero de todas maneras, siempre es mejor pecar de sobreprotectores con algo tan delicado. Repito: estar atentos pero sin dramatizar.

    ¿Hay signos para darnos cuenta si la amenaza puede ser cierta?
    Sí, suele haber señales. Se van de un extremo al otro. Por ejemplo, con esos cambios de humor demasiado abruptos, indiferencia ante las cosas, desgano en la escuela, no comen, no duermen o no desean ir a una fiesta, cuando antes les gustaba. Hay distintos estilos, por ejemplo, de querer estar pegados a un amigo o absolutamente solos.

    ¿Cómo debemos ayudarlos?
    Estando alertas y a la vez escuchándolos. Prestarles atención a sus quejas, sus dudas… No es necesario opinar todo el tiempo. Si ellos desean un consejo, por lo general, lo piden. A veces no se lo piden directamente a sus padres, sino que toman a otro adulto como referencia. Es natural que busquen a alguien más grande para que los oriente. Es bueno que así sea y que exista una franca comunicación de los papás con ese adulto. A menos que se trate de alguien peligroso y ahí si es donde deben interferir. Pero hay que tratar de no ponerse celosos y permitirles que se acerquen a un tío, un profesor de la escuela o un vecino.

    El hecho de que se les haya cruzado esa idea, ¿significa un peligro de por vida?

    No, suele ser un momento existencial, se cruzó esa idea pero la pueden superar. Es diferente si hacen intentos de suicidio concretos. En ese caso sería conveniente hacer la consulta con un psicólogo. Los chicos tienen una necesidad de ser escuchados pero por alguien que los pueda guiar y ayudar.


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