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    El efecto Ju$tin Bieber

    Me sobran motivos para cambiarle al radio cuando suena una canción de Justin Bieber. De hecho, todo lo que tiene que ver con él me resulta sospechoso y demasiado artificial. Sin embargo, hay millones de adolescentes y adultos que lo aman y se declaran "bielivers" (combinación de Bieber y belive, creer). Como adeptas a una religión, las adolescentes que conozco ponen ojos de huevo cocido cuando digo que no me gusta Justin Bieber, ni su música ni él ni las estrategias de marketing que envuelven su imagen. No tengo nada en contra de él ni de sus seguidores. Es más: yo también fui fan de una banda de chicos guapos de talento cuestionable. Pero, en la música y en la vida, cada quien sus gustos.

    'Bieber fever' o el negocio de la pasión adolescente - Wireimage'Bieber fever' o el negocio de la pasión adolescente- Wireimage

    Lo que llama mi atención de la Bieber fever es su efecto en cadena: gritos incontrolables, acampadas afuera de estadios y hoteles para mirarlo de cerca aunque sea un segundo, pasar horas esperando a que emita un twitt, días frente a la computadora viendo videos o leyendo blogs sobre su color predilecto o su comida favorita... Todo empieza en las adolescentes pero las mamás se contagian y están dispuestas a acampar junto a sus hijas, y luego los papás acceden a comprar la taza, la blusa, los lentes, el Blu-Ray, el DVD de colección, los boletos para el concierto que cuestan $150 USD... Cuando uno pregunta a las afiebradas fans qué sienten, ellas responden: "es el chico más hermoso", "es lindísimo", "canta precioso y es tan lindo con la gente", "simplemente lo amo".

    Los padres, que conocen los efectos de la cultura pop, ya no se preocupan por los ataques de histeria colectiva que experimentan sus hijos al ver o escuchar a Bieber, pues saben que es una etapa inofensiva en el desarrollo adolescente. Si hacemos memoria, en los últimos setenta años hemos visto que ocurrió casi lo mismo con Elvis, Frank Sinatra, Los Beatles, Madonna o Michael Jackson. Y más allá: resulta que en el siglo XIX, el compositor y pianista Franz Lizt tenía fans que lo perseguían y que incluso peleaban por mechones de su cabello.

    Las pasiones que despierta la música en la adolescencia son más viejas que Matusalén, pero la forma en que la industria de la música está capitalizando el fenómeno es algo nuevo. 44 millones de fans en Facebook y 23 millones de seguidores en Twitter reflejan los beneficios económicos que puede arrastrar un cantante pop en la era de las redes sociales. Sobre todo, las cifras ponen de manifiesto que una pasión adolescente puede convertirse en una mina de oro: es ahí donde nace mi disgusto.

    Pero vayamos por partes. ¿Por qué esta actitud en la adolescencia? Los científicos dicen que escuchar la música que nos gusta estimula la producción de dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer y la adicción, produciendo el mismo efecto que comer chocolate o tener sexo. El Dr. Daniel Levitin, autor de This Is Your Brain on Music, ha hecho numerosos experimientos al respecto. Al escanear la actividad cerebral, Levitin ha concluido que los gustos musicales que se forman en la adolescencia terminan por formar parte de las conexiones del cerebro, porque es una etapa en la que se fortalecen o debilitan ciertas rutas neuronales. De ahí que la música que nos provoca nostalgia de adultos, suele ser la que nos hacía fantasear en la adolescencia.

    Los hombres también generan sus gustos musicales en la adolescencia, pero se dice que las chicas tienden más hacia los ídolos pop porque están despertando a la sexualidad, que ligada al amor romántico resulta placenteramente tóxica y atemorizante. Enamorarse de una celebridad sería una forma de experimentar esas emociones sin correr riesgos. De hecho, muchas adolescentes siguen practicando su primer beso con un poster, un afiche, una foto... y ahora con la pantalla de su laptop. Los chicos, por una cuestión cultural, tienden a sentir esa misma fiebre por atletas o deportistas, porque éstos representan una figura a la cual imitar y  les produce un sentido de identidad (incluso hasta la etapa adulta).

    La crítica al respecto de estos fenómenos está dividida. Ningún estereotipo puede abarcar la experiencia emotiva de un adolescente, su imaginación, las fantasías, los descubrimientos íntimos y sociales... Sin embargo, la industria de la música satura las opciones imaginativas de las chicas con imágenes de chicos tiernos y "románticos" (un poco aniñados, ambiguos en todo caso), tratando de extender esa imagen lo más posible. Si uno analiza las letras de las baladas, el contenido no ha cambiado mucho de Elvis a la fecha, pero sí el tratamiento de la imagen. Las redes sociales, dan la sensación de estar más cerca de los ídolos, pero al funcionar 24 horas al día de forma masiva, dejan pocos espacios para que los chicos exploren otras opciones para construir su identidad y su bagaje emocional.

    Los padres tienen mucha responsabilidad en ello, pues algunos alimentan esta pasión sin poner ningún filtro. Los expertos dicen que no se trata de prohibir o juzgar, sino de ser conscientes. El fanatismo lleva a una pobreza de opciones en la adolescencia, y generalmente conduce a un pensamiento pobre o poco flexible en la vida adulta.

    Otros estudios dicen lo contrario, por lo menos en lo que toca a sociabilidad. Consideran positivo que los chicos se sientan parte de un grupo con sus mismos gustos, porque eso les da confianza para adaptarse en el futuro sin correr riesgos innecesarios. Aunque muchos padres se vuelven locos después de escuchar cinco veces seguidas la misma canción, los psicólogos dicen que eso sería "un signo de salud mental", al menos para los chicos.

    Antes que prohibir o alimentar posturas extremistas, creo que los padres y los maestros tienen la responsabilidad de generar en los adolescentes un pensamiento crítico. Con eso me refiero a que sepan reconocer hasta dónde llega su pasión por la música y dónde empieza la comercialización que la industria mediática hace de sus emociones. También implica explorar con ellos otras expresiones artísticas, deportivas o científicas en las que puedan proyectarse como individuos y sentirse seguros de su singularidad. Por supuesto, requiere salir de la zona de confort que nos ofrecen los medios. Mientras los padres no tomen el riesgo, tendrán que seguir pagando por las chucherías del merchandising y escuchando —muy a su pesar— a Justin Bieber.

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