Ayer fue un día lleno de danza. Empezó en el desayuno con Falling, un video maravilloso en el que el artista italiano Adriano Cirulli, a través del montaje digital, logra poner a flotar en el aire los cuerpos de dos bailarines. Además de la belleza visual, el video me pareció una metáfora que explora cómo se tejen y destejen las historias de vida, los encuentros, los conflictos, los desencuentros.
Por la tarde fui con mi amiga Melisa a una obra de danza aérea, una reinterpretación de El principito. De todo el montaje, lo que más nos sorprendió fue la chica que interpretaba a la rosa, pues bailaba al interior de un aro desafiando la gravedad y haciendo figuras que jamás habría imaginado.
Al salir del teatro nos encontramos con un espectáculo gratuito de valses en el parque. Hacía frío y nos marchamos antes del final del concierto, pero íbamos felices rumbo al metro, bailando vals como dos niñas que acaban de descubrir la libertad bajo los faroles de la calle, muertas de risa y a sabiendas de que la gente nos miraba como un par de locas.
Al llegar a casa, Melisa me compartió este video sobre la danza en aro. Se llama Rueda Cyr
Antes de dormir pensaba que el baile es uno de los placeres más completos que existen. Bailar es gratis y, a menos que sea una práctica profesional, casi nunca requiere equipo especial. Se puede hacer solo, pero cuando se hace acompañado es mucho más divertido y excitante. Sólo hace falta perder el miedo y dejarse llevar.
Yo bailo todo el tiempo: mientras me baño, mientras me visto, mientras cocino, en el autobús, frente a un video en la computadora, en la bicicleta de spinning y hasta en los pasillos del supermercado. No es que haga una coreografía de comedia musical o le haga al "perreo" en la cola del banco. Cuando digo bailar me refiero a liberarme de la postura rígida y dejarme llevar por el ritmo. Empiezan la cabeza y el tronco, siguen la cadera, los pies, los hombros… Cualquier parte del cuerpo que esté disponible va marcando el ritmo.
