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Cada vez que vuelvo de vacaciones me enfermo. A veces es psicosomático, a veces viral; supongo que es mi cuerpo resistiéndose a volver al trabajo. La última vez ni siquiera alcancé a salir del aeropuerto cuando ya estaba con las amígdalas del tamaño de un limón y la fiebre subiendo al ritmo de ¡no pares, sigue, sigue! Llegué a casa y un amigo me llevó una bolsa de pomelos (toronjas), así que esa semana me dediqué a beber jugo de pomelo día y noche. El alivio en la garganta era inmediato y los medicamentos hicieron efecto más rápido que otras veces. Después me puse a investigar y descubrí que el pomelo es uno de esos superalimentos de fácil acceso e incontables bondades:
