Desde muy pequeños el juego es un lugar de expresión, de autoconocimiento y en muchos casos de competencia. Por un lado el competir contra pares, y por otro la auto-superación son los elementos que acompañan naturalmente a la competitividad desde la infancia hasta la adultez.
Efectivamente el impulso de superación se presenta muy tempranamente en nuestra vida desde los juegos infantiles: “- mirá hasta dónde llego” será el preludio de un salto de un niño frente a su padre”, “te gané” dirá sonriente cualquier niño frente a otro al que le ha ganado en un juego con o sin reglas. En estos juegos los niños aprenden a armar reglas, a respetarlas y hacerlas respetar, a armar equipos, elaborar estrategias, a tolerar perder, entre otros. En estos juegos encontramos también desde niños el deseo irrefrenable del triunfo.
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